• Ariel Falcini

El debate, ¿fue un debate?

Los usuarios de las redes sociales reclamaban mayor confrontación entre los candidatos



Este domingo fue un día histórico: se celebró el primer debate presidencial obligatorio, en el marco de la ley 27337. El texto de la normativa sancionada en 2016 indica que la finalidad es “dar a conocer y debatir ante el electorado las plataformas electorales de los partidos, frentes o agrupaciones políticas”. Pero, en verdad, ¿fue así? En este artículo analizaremos qué indica la teoría del debate y su relación con lo sucedido en la provincia de Santa Fe.


Para comenzar a analizar el tema es necesario saber de qué hablamos cuando hablamos de debate. Se trata de una de las formas oratorias más antiguas, cuya cuna fue la Grecia clásica de varios siglos antes de Cristo. En ella, dos o más personas (incluso pueden ser parejas o grupos) argumentan y contraargumentan sobre distintos tópicos, basándose en sus posturas diferentes o antagónicas. Hasta aquí fue lo que se vio este fin de semana.


Por sus características, el debate está dirigido por un moderador que introduce y ordena cada uno de los temas, que anuncia las reglas y custodia que nadie las viole, pero que no pregunta directamente: su rol no es el de entrevistador, sino el de “encauzador” de una actividad con varios participantes. Sin tener en cuenta la cantidad de moderadores que hubo, éstos cumplieron con su función.


A su vez, cada protagonista tiene por misión, en un tiempo preestablecido, defender la validez de sus ideas y rechazar las de sus adversarios para convencer a la audiencia de que las propias son superadoras de las del resto. En este punto podríamos plantear que en dos minutos nadie puede mostrar un plan de gobierno, por ejemplo sobre salud y educación, y encima rechazar los de sus contrincantes. La excesiva limitación de tiempo fue uno de los puntos en contra. Pero no fue el único.


Estaban prohibidos los cruces entre candidatos. Apenas tenían unos segundos para responder alguna acusación u objetar los dichos de otro candidato, pero sin posibilidad de respuesta inmediata. Vale aclarar que, por naturaleza, el debate no contempla la obligación de que los participantes interactúen, sin embargo, los enfrentamientos dialécticos, la inclusión de temas no pautados previamente y hasta las “chicanas” suelen ser “condimentos” enriquecedores.


Todo fue demasiado estructurado. Y así se los notó a varios participantes: repitiendo aquello que tenían guionado, que ya habían practicado y que se dirigía únicamente a los votantes propios.


En el post-debate también se habló mucho sobre quién mintió y quién no. En sí mismo, este ejercicio no se centra en esa cuestión: cada orador debe utilizar sus razonamientos propios, ejemplos de público conocimiento y citas de personalidades destacadas para persuadir, pero se descuenta que diga la verdad. Las falacias, la manipulación y las mentiras no son recursos éticos. Y la verdad es uno de los valores de los políticos (la reflexión la dejo abierta para que usted la complete pensando en quien quiera).


Todavía somos muy jóvenes en cuanto a debates se refiere. Si bien la teoría se cumplió respecto de la forma, no debe dejarse de lado en qué contexto social, económico y político se llevó a cabo. Lo importante de un debate es informar y convencer a la población para que emita su voto con mayor conciencia.


Aún falta el debate del próximo domingo en Buenos Aires. Ojalá participantes y organizadores revisen lo ocurrido e introduzcan cambios para construir mejor ciudadanía en lugar de buscar o de dar blindaje mediático a cierto/s candidato/s de cara a los próximos comicios.

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